Etiquetado: Real Madrid

Bucles

                      “El que repite una cosa sin entenderla no es superior a un burro cargado de libros.”

                                                                                                                               (Anónimo)

El Barcelona se dopa. El Real Madrid es un equipo llorón. Nunca tanto como lo fue Joan Gaspart en su época. Prefiero ir de frente a sonreír y luego apuñalar por la espalda, como el sibilino de Florentino. Al menos, no compramos a los árbitros. Sí, porque bastante lo hicisteis ya con Franco.

Estáis todos alienados con Mourinho. Y vosotros con Messi, que no es nadie sin sus hormonas. Eso es envidia. ¿Para qué os voy a envidiar, si tengo a Cristiano? Porque él no tiene cuatro Balones de Oro. Ni los necesita: él es más completo. Sí, ya veo como lo demuestra en los partidos importantes. En aquel del Camp Nou nos jugábamos una Liga y bien que os sobó el morro. Pero, con su selección, no es nadie. Pues como Messi, que con Argentina va de fracaso en fracaso.

Guardiola es un falso. Pues es el mejor entrenador de la historia. ¡Pero si va de humilde y luego es un tipo odioso! Ya os gustaría a vosotros sacar a alguien de la casa, que imponga un estilo, a ver si así jugáis a algo de una vez. Claro que jugamos a algo, pero no necesitamos marear la perdiz con la mentira de la posesión. Pues, con ella, hemos creado escuela. Sí, la escuela de tirarse, que es lo único que hacéis.

Pepe es un cerdo. Pues como Busquets que, encima, es un teatrero. Por lo menos es de La Masía. Yo quiero buenos jugadores en mi equipo; me da igual de dónde sean. Eso lo dices porque no sois capaces de sacar ni uno del filial. ¡Pero si media Primera se nutre de nuestros canteranos! Pero ellos no llevan los valores de la institución. Si después andáis escupiendo al rival. No sabéis más que buscar excusas para no reconocer que somos mejores. Se lo debéis todo a los árbitros.

Bucle infinito: dícese de aquel ciclo que se repite de forma indefinida ya que su condición para finalizar nunca se cumple.

(Publicado originalmente en El Ruido del Fondo)

Anuncios

Grises

Quién nos iba a decir que el problema del debate futbolístico de este país iba estar en su paleta de colores. Que estás conmigo o estás contra mí. Que o dices blanco o dices negro. Y si optas por lo uno, ni se te ocurra recular en un momento de debilidad. Antes muerto que rectificando. Jamás reconoceré una bondad del rival. Antes, me cuelgo.

Que lo que hace mi equipo está muy bien hecho pero, si se le ocurre hacer lo mismo al contrario, lo lapido. Que me falta tiempo para criticar en otros algo idéntico a lo que alabé en los míos en el pasado. Si a este cóctel, encima, uno le añade el oportunismo demasiadas veces inherente al comentario deportivo y la tradicional genética cainita del españolito medio, aquí no acabamos cada fin de semana a guarrazos porque San Pedro no lo quiere y porque hay mucho individuo al que, menos mal, luego se le va la fuerza por la boca.

Qué diferente sería todo usando el gris. Un color feote, adusto, hasta peyorativo a veces. Pero muy necesario en este sentido figurado. Porque alude a la moderación. Al salir de la trinchera y pasearse por entre el fuego cruzado, esquivando las balas y oteando el panorama con la perspectiva de quien no está de rodillas en el barro disparando al enemigo. Huir de quienes han convertido el hablar de fútbol en la batalla de Gallípoli, solo mirando al frente, como burros con antojeras. Que un día de estos, con la venda puesta, nos lanzamos gas mostaza.

Que el señorío no es compatible con morir en el campo, que no se es del Barça si no se es catalán, que es imposible alabar a Messi si no criticas antes a Cristiano, que jugar como el Barça es aburrido y que Mourinho solo sale a defender. Medias verdades. Tramposas. Repugnantes. Tendenciosas. Que encima luego se multiplican como las ratas. Y que, una vez más, solo buscan que el individuo se posicione. A la izquierda o a la derecha. Y si no razona, mejor. Pretorianos. Algo mal estaremos haciendo si el enemigo no nos odia. Y vuelta al chocar, a la batalla del Medievo, al correr dando alaridos sin más afán que el de estamparme contra el de enfrente, a lo William Wallace.

Observa la moderación: lo proporcionado es lo mejor en todas las cosas. Lo dijo Hesíodo, un tipo que ponderó magistralmente mitología y religión, el Madrid y el Barça de la Grecia del VII de antes de Cristo. Pocos mejores que él para hacer un llamamiento a la cordura. Al perder y dar la mano. Al debate no prefabricado. Aunque solo sea porque resulta demasiado aburrido empezar a ver un partido de fútbol sabiendo ya de antemano lo que vas a decir cuando este acabe.

(Publicado originalmente en Jot Down Magazine)

No diga más y juegue

Jack Lemmon no paraba de hablar. Su discurso atolondrado y machacón, con gesto perdido y bobalicona mirada fija en los grandes ojos de Shirley MacLaine, recibía una sutil condescendencia. Billy Wilder decide magistralmente resolver la incómoda situación con uno de los desenlaces más elegantes de la historia del cine: la eterna Fran Kubelik se gira hacia el bueno de Baxter y le susurra, entregándole el mazo de cartas con una media sonrisa: “no diga más y juegue”. La dulzura y el amargor de la película culminan en una frase que estigmatiza una virtud que, con el sobreuso, desemboca en vicio: el exceso de verbo vacío.

El Real Madrid ha convencido en muchos momentos de la temporada. Otros ya demostraron que podían vencer, pero esa segunda vuelta de tuerca aún nadie la había completado. El equipo, camaleónico como pocos, ha sabido adaptarse a rivales y a situaciones de manera encomiable y, salvo el rapapolvo del Camp Nou, ha escalado riscos llenos de charcos sin apenas resbalarse. No así su entrenador, cuya afición al fango casi provoca que el equipo sea engullido en algún campo por las arenas movedizas que el propio técnico luso se afanaba en remover.

La guerra de guerrillas es un distintivo personalísimo de Mourinho. El portugués confía en que, si la polvareda que se esmera en levantar sólo le envuelve a él, la prensa estará más atenta de sus toses que de las de sus jugadores, dejando a la plantilla a su aire, lejos del ruido de espadas que él tan hábilmente maneja. La directiva, los árbitros, los comités, los rivales o los propios periodistas han sido el blanco de unos dardos que, en la mayoría de ocasiones, no han servido al Real Madrid más que para, borracho de maquiavelismo (entiéndaseme: fue Maquiavelo el primer en pronunciar aquello de “el fin justifica los medios”), llegar a cuestionarse sus principios.

Paradójicamente, si uno se abstrae del personaje que José Mourinho construye, ve más allá a su alter ego: un entrenador fabuloso, sagaz estratega y a la sazón uno de los mejores motivadores que ha dado este deporte en su historia. Su pizarra en la final de Copa fue, hasta que la gasolina de sus jugadores lo permitió, impecable. Achicando espacios, con Pepe de excelso hombre escoba, basculando como si once fuesen uno y con una inusitada solidaridad entre (casi todos) los de arriba y los de abajo. Sobra con decir que la versión más brillante del Barça fue incapaz de derribar el muro en cuarenta y cinco minutos de vaivenes hacia la portería de un tremebundo Casillas.

La lectura es simple: cuando el entrenador del Real Madrid suelta la lanza y coge el astrolabio, sus aptitudes técnico-tácticas hacen que sus bravatas y sus lamentaciones resulten una caricatura. Hablando en plata: partidos como el de Mestalla nos recuerdan que Mourinho no necesita de lloros, pataletas, desplantes y berrinches para mostrar que es un gran entrenador.

No estaría de más, pues, que alguien despojase al portugués de todo su artificio. Alguien que le apremie a dejar de luchar contra molinos y que se atreva a, como hizo Shirley MacLane en los sesenta, ladear la cabeza con ternura y musitar aquello de “no diga más y juegue”. Al fin y al cabo, a Jack Lemmon siempre se le dio peor el gin rummy que a Mourinho el fútbol.

(Publicado originalmente en El Diván del Fútbol)