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Okur y la toalla de Turkoglu

Hay jugadores que marcan, así, en general, y jugadores que te marcan. Parece lo mismo, pero no lo es. Quién no tiene incrustado en el recuerdo un nombre que, para el gran público, es intrascendente. Como esa película que a nadie le gusta salvo a ti. Como esa serie que sólo tú ves. Un tipo que, por esos avatares del deporte, hizo el partido de su vida contigo delante. Y, desde entonces, te es más familiar de lo normal. Eso no puede corregirse ni evitarse. Ocurre. Mi historia de amor comenzó por una toalla, fíjense. Bucólico.

Cuando España no era invencible y las giras no tenían eñes, la Selección se dejó caer por Huelva un verano. Tan vintage era el partido que hasta jugó Johnny Rogers. La excusa era un amistoso contra Turquía para preparar la tralla que vendría en los Juegos Olímpicos de Sydney. Cómo sería el tema, que luego sólo le ganamos a Canadá y a China, ya por puro maquillaje.

El principal atractivo era ver en su salsa al joven Turkoglu. Por aquel entonces, Hidayet, que no Hedo. Uno, que tenía edad de adolescente revistero, corrió a comprar una entrada como quien se entera de que John Bonham resucita y los Led Zeppelin se vuelven a juntar.

Lo de Turkoglu resultó ser un chasco importante. Yo, que me dediqué durante una semana a hinchar la burbuja cual Madoff baloncestístico, no sabía luego qué decirle a mis amigos cuando ellos se indignaban bramando que a santo de qué ese tipo que había metido tres cochinos puntos iba a jugar luego en la NBA. Y, en medio del pandemonium que implica mantener el honor propio, apareció una pareja de maromos muy altos que parecían salidos de un videoclip de Depeche Mode. Y me alegraron el día.

Debajo de esas mechas rubias de peluquería de extrarradio estaban Asim Pars y Mehmet Okur. Por aquel entonces, escuderos en la zona del mucho más contrastado Besok. Para mí, un muchacho imberbe, aquellos dos no pasaban de ser un par de pívots pintorescos que le daban una nota de color pelín hortera a las ruedas de calentamiento. Con su pelo y su altura idénticas, parecían gemelos. Cuando se alternaban, a veces no sabías quién era quién. Salvo cuando tiraban, claro. Ahí vino mi revelación. Ver a Okur fue contemplar por primera vez a un hombre de más de 2’10 lanzando (y anotando) triples con alegría. Yo tenía catorce años. Y todo cambió.

Los pívots ya no sólo se pegaban en la zona. Se movían con agilidad y pasaban algún boqueo, incluso haciendo amago de carretón. Luego vinieron biotipos similares. Se consolidó Nowitzki y hasta le salieron al alemán imitadores de marca blanca, como Bargnani. En el baloncesto FIBA, ídem con nombres como Fucka o el Garbajosa post-Benetton. Pero, para mí, todo empezó allí, con un turco que parecía un Dexter Holland hormonado pero que tiraba como los ángeles. Para muchos, uno más. Para servidor, no tanto.

Aquel partido, por cierto, terminó 66-65 para España. Kerem Tunceri llegó a lanzar para ganar, pero falló. Okur fue el máximo anotador: 21 puntos. Yo todo esto lo valoraría años más tarde, con perspectiva. En aquel momento, qué cosas, estaba más pendiente de conseguir un autógrafo del gran fracasado de la noche. Al final, me regaló hasta su toalla. Usada, claro. Mi madre, por más que se lo expliqué, no entendió la plusvalía que aportaba el sudor de Turkoglu y la terminó lavando. Al carajo la mitomanía.

Todo esto lo cuento porque el otro día Okur dijo que hasta aquí el baloncesto. Se retira. Y, con él, supongo, parte de mi infancia de pósters en la pared. Fue campeón de la NBA en 2004 e incluso All-Star en 2007. Yo, que soy así, me acordaré de él y de sus triples cada vez que abra el armario y vea la toalla limpia, desprendida de toda su solera. Los recuerdos, en la lavadora, se van así de rápido.

(Publicado originalmente en Marca.com)

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