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Somos los goles que hemos vivido

Porque los mayores se veían rememorando a Schwarzenbeck para los restos y porque los jóvenes pensaban que se morían sin ver ganar al Atleti en Europa. El caso es que nadie allí quería llegar a los penaltis. “Si tengo que jugármela así, prefiero perder ahora”, soltaba alguno, entre dientes, con la desesperación del condenado a muerte que escoge lanzarse a la alambrada electrificada antes de sufrir la angustia del paredón. Habíamos vuelto al bar de siempre, abrazados estoicamente a la superstición. La diferencia es que allí ya no estábamos sólo los amigos íntimos: allí se juntaron amigos de amigos, padres, hermanos, tíos, primos, cuñados y qué sé yo cuánta genealogía colchonera. Se había corrido el rumor de que esa tasca era infalible y todos acudieron al efecto llamada. La recuperó Domínguez, que de aquellas tocaba techo en su carrera, y Jurado le arreó un mandoble a la bola de esos que alimentan el murmullo. Por la tele no se vio, pero miles de manos empujaron el trasero bajo de Agüero para que llegase a amansar esa pelota. Y, como las de los mimos, esas mismas manos se elevaron para alzarle la barbilla al argentino y que viese cómo Forlán tiraba el desmarque. A lo que vino después del centro del ‘Kun’ le faltó Wes Anderson filmando a cámara lenta. Un toque del uruguayo con la quilla, un par de botes crueles y una deflagración que arrampló con todo. Yo sólo recuerdo el ‘cloc’ de dos cabezas chocando delante de mí y una estampida que me tiró al suelo. Desde allí, entre la madeja de brazos y cabezas, sólo acerté a ver a un tipo bigotudo, sesentón, recostado en la barra y con un fajo de billetes en la mano.“¡Una ronda –berreaba–, que esta la pago yo!”. Aún hoy creo que Schwarzer la va a parar.

(Publicado originalmente en El Ruido del Fondo)

Cholitos y Mafaldas

De urgencias, disimulos y rutinas saben un rato en el Calderón. De aquello que cantaba Sabina hablando de los amores de La Bombonera. Como a esa Paula a la que se le levantaba la falda, también para el Atlético estos han sido casi veinte años de príncipes azules que se marchaban antes de llegar. Mudándose de un ídolo a otro, estampando nombres nuevos en las camisetas, la afición saltaba de temporada en temporada sumida en ese traqueteo de viaje largo de tren en el que casi nunca ocurre nada. El hábito de dejarse llevar por la corriente.

El año pasado, un hombre se empeñó en terminar con esa atrofia, en cambiar los muebles de sitio y pintar las paredes de la casa. Diego Pablo Simeone agarró aquello que decía Napoleon Hill de que el punto de partida de todo logro es el deseo y lo cinceló sobre ese escudo que sus jugadores portan en el pecho y que ahora también blanden en sus manos. Se sabe depositario del poder social, el tradicionalmente más relevante del club: mucho y muy feo tiene que ocurrir para que la afición se vuelva en su contra. Y el amor es correspondido. Simeone absorbe del Calderón esa energía competitiva que necesita y el Calderón recibe de Simeone lo que tanto echaba de menos en otros entrenadores.

Su éxito tiene más de transpiración que de inspiración. Óscar Ortega, preparador físico con fama de ogro entre los vagos, es el Athos del D’Artagnan que es el ‘Cholo’. Y, a base de kilómetros corridos, ambos han convertido al Atlético en un Pollock: un equipo no especialmente estético, pero con trazo tenso y una fuerza que arrolla.

Veinte años de mitos mal curados. El último, Diego Ribas. Vino, ilusionó y se marchó. O lo marcharon. Los atléticos, que tienen mucho de Mafalda, gimieron por su Dieguito. Ahora, es otro Diego por el que braman. De González Catán a Tirso de Molina. Cambie Dieguitos por Cholitos. Y quédense contentas sus hinchadas.

(Publicado originalmente en Jot Down Magazine)

Iconoclastas

En lontananza, Craven Cottage parece una nave industrial. El paraje de campiña inglesa incrustada en el cemento de Londres ayuda, sin embargo, a crear una atmósfera especial mientras uno camina por la ribera del Támesis, esquivando árboles y lugareños haciendo footing, en dirección al estadio del Fulham. Su armadura enladrillada, invadida por el musgo, tiene un punto de fuga señorial: en 2008, la institución, con la ayuda de los donativos de la afición, decidió levantar una estatua desde la que Johnny Haynes, ídolo en los cincuenta y sesenta y máximo goleador histórico del club, contempla, brazos en jarra, a todo el que pasea por Stevenage Road.

Haynes, del que Pelé llegó a decir que era el mejor pasador que había visto jamás, fue el jugador que provocó que, en 1961, se aboliese la regla del salario mínimo de veinte libras a la semana que imperaba en el fútbol de las Islas. Las cien libras semanales que pasó a percibir supusieron un terremoto generacional cuya influencia sobrepasa el hecho de que a pocos, lejos de Putney Bridge, el nombre de Johnny Haynes les resulta ahora familiar. Poco importa eso a los orgullosos cottagers. Los ingleses, ya se sabe, siempre prefieren exagerar por exceso antes que por defecto en lo que respecta a homenajes y honras al pasado.

El fútbol español, sin embargo, es un triturador de ídolos que pervive algo acomplejado por esa naturaleza. Sin salir de la capital, muchos en Padre Damián aún gimen cuando recuerdan que Guti y, sobre todo, Raúl, abandonaron el Real Madrid con la velocidad de la salamanquesa que huye del pisotón, dejando entre el aficionado la sensación de que leyó un libro al que alguien le arrancó las últimas veinte páginas.

Algo parecido le ha ocurrido a Diego Forlán en el Atlético de Madrid, si bien su salida terminó derivando en un nadie conoce a nadie aún más confuso. Su carrera por la banda del HSH Nordbank Arena de Hamburgo, zarandeando la camiseta a pecho descubierto, está ya en la pinacoteca de imágenes más ilustres de la historia colchonera, aunque su poco disimulo al intentar utilizar al Atlético como rampa de lanzamiento ha opacado su epílogo con la rojiblanca. El charrúa camufló mal los besos que lanzó al eterno rival mientras, además, entonaba en rueda de prensa su desapego al club, tan doloroso para una afición que terminó paranoica, buscando una doble lectura a todo lo que el uruguayo hacía sobre el césped que pudiese ser merecedor de sospecha.

El tiempo terminará enterrando la bilis que salpicó al Atlético cuando Forlán antepuso su engreimiento al peso de un escudo que le ha hecho ser buena parte de lo que es. Egoísmos, petulancias y canciones de Pimpinela aparte, el Vicente Calderón no olvidará fácilmente que había una vez un ‘uruguasho’ que hacía retumbar el estadio tras sus goles. Aunque la iconoclastia de nuestro fútbol vuelva a crear una generación de desmemoriados. Porque a ése que trajo un título europeo a la ribera del Manzanares cuarenta y ocho años después, lo despidieron sus jefes con una sonrisa en el periódico y una palmada en la espalda, cerrando con un portazo en cuanto se dio la vuelta.

 A mil doscientos kilómetros de Madrid, en Londres, el Johnny Haynes de hierro sigue erguido y orgulloso, aplastando la pelota con su bota derecha. Él no ganó ningún título con el Fulham, pero en Bishop’s Park, cuarenta años después, todos, sin que nadie se atreva a refutarlo, hacen aún reverencias ante sus goles. En España, como en la Bizancio del siglo VIII, arrancamos las imágenes de la pared y las quemamos en la pira. Hemos decidido vivir apresuradamente. Hemos decidido que tener ídolos, lamentablemente, es cosa del pasado.

(Publicado originalmente en el EcoDiario)