Compañero de trinchera

Sergio Ballesteros no está en su peso ideal. Es evidente. Hace algún tiempo que su silueta de jugador de fútbol fue devorada por su actual perfil de estibador. A finales del XIX, Ballesteros vestiría pantalones raídos y una camiseta blanca de tirantes llena de lamparones y descargaría las cajas de los barcos que llegasen al East River neoyorkino, compartiendo chanzas, bravuconadas y tabaco de mascar con sus camaradas.

Quizá su álter ego del Bajo Manhattan también se valiese de ese silencioso carisma para ser respetado entre sus afines y para alimentar entre sus ajenos un ficticio halo pendenciero que haría que nadie a lo largo del Hudson se atreviese a cruzar miradas con él por temor a que una botella de malta tostada acabase volando cerca de su cabeza. Con o sin ello, Sergio Ballesteros es hoy uno de los principales culpables del espíritu marcial del sorprendente Levante colíder. Y sus partidos son, en el invierno de su carrera, auténticas clases magistrales de los quehaceres de un defensa central.

Es precisamente esa supuesta marrullería la que le ha colgado un sayo que le acompañará toda la vida. Ballesteros no es un jugador de guante blanco pero, no nos engañemos: ningún central lo es. O, al menos, ninguno de los que obedecen a los cánones clásicos de una posición caracterizada por la aspereza y la rudeza propias de los que reciben su salario a cambio de evitar la razón de ser del fútbol: el gol. Aunque sea orillando el límite de lo legal.

Dijo el poeta estadounidense Oliver Wendell Holmes que el joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones. Ése es el principal activo de un Ballesteros que despliega en cada partido un conocimiento profundísimo del oficio de centrodefensor. Posicionalmente perfecto, minimizando sus errores en zonas de riesgo y excelso al cruce aun siendo más lento que muchos de sus pares, lo que compensa con una contundencia de trolebús. El zaguero idóneo, en resumen, para un equipo sin más pretensión que la de, con humildad y sacrificio, hacer de cada partido una china en el zapato del equipo rival.

Metáfora perfecta de este Levante obrero. El cuello de toro y los ademanes de matón de película de Scorsese esconden un líder capaz de lanzar su centena de kilos a la hierba con la violencia de quien va a tapar la explosión de una mina con su cuerpo si eso sirve para salvarle el pellejo a su portero. No es ninguna estrella. Ni por asomo uno de los futbolistas más dotados de técnica. Y su aura de jugador maldito le impidió hace tiempo copar portadas. Se me ocurren, sin embargo, pocos compañeros de trinchera mejores en un campo de fútbol que Sergio Ballesteros.

(Publicado originalmente en el EcoDiario)

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