Iconoclastas

En lontananza, Craven Cottage parece una nave industrial. El paraje de campiña inglesa incrustada en el cemento de Londres ayuda, sin embargo, a crear una atmósfera especial mientras uno camina por la ribera del Támesis, esquivando árboles y lugareños haciendo footing, en dirección al estadio del Fulham. Su armadura enladrillada, invadida por el musgo, tiene un punto de fuga señorial: en 2008, la institución, con la ayuda de los donativos de la afición, decidió levantar una estatua desde la que Johnny Haynes, ídolo en los cincuenta y sesenta y máximo goleador histórico del club, contempla, brazos en jarra, a todo el que pasea por Stevenage Road.

Haynes, del que Pelé llegó a decir que era el mejor pasador que había visto jamás, fue el jugador que provocó que, en 1961, se aboliese la regla del salario mínimo de veinte libras a la semana que imperaba en el fútbol de las Islas. Las cien libras semanales que pasó a percibir supusieron un terremoto generacional cuya influencia sobrepasa el hecho de que a pocos, lejos de Putney Bridge, el nombre de Johnny Haynes les resulta ahora familiar. Poco importa eso a los orgullosos cottagers. Los ingleses, ya se sabe, siempre prefieren exagerar por exceso antes que por defecto en lo que respecta a homenajes y honras al pasado.

El fútbol español, sin embargo, es un triturador de ídolos que pervive algo acomplejado por esa naturaleza. Sin salir de la capital, muchos en Padre Damián aún gimen cuando recuerdan que Guti y, sobre todo, Raúl, abandonaron el Real Madrid con la velocidad de la salamanquesa que huye del pisotón, dejando entre el aficionado la sensación de que leyó un libro al que alguien le arrancó las últimas veinte páginas.

Algo parecido le ha ocurrido a Diego Forlán en el Atlético de Madrid, si bien su salida terminó derivando en un nadie conoce a nadie aún más confuso. Su carrera por la banda del HSH Nordbank Arena de Hamburgo, zarandeando la camiseta a pecho descubierto, está ya en la pinacoteca de imágenes más ilustres de la historia colchonera, aunque su poco disimulo al intentar utilizar al Atlético como rampa de lanzamiento ha opacado su epílogo con la rojiblanca. El charrúa camufló mal los besos que lanzó al eterno rival mientras, además, entonaba en rueda de prensa su desapego al club, tan doloroso para una afición que terminó paranoica, buscando una doble lectura a todo lo que el uruguayo hacía sobre el césped que pudiese ser merecedor de sospecha.

El tiempo terminará enterrando la bilis que salpicó al Atlético cuando Forlán antepuso su engreimiento al peso de un escudo que le ha hecho ser buena parte de lo que es. Egoísmos, petulancias y canciones de Pimpinela aparte, el Vicente Calderón no olvidará fácilmente que había una vez un ‘uruguasho’ que hacía retumbar el estadio tras sus goles. Aunque la iconoclastia de nuestro fútbol vuelva a crear una generación de desmemoriados. Porque a ése que trajo un título europeo a la ribera del Manzanares cuarenta y ocho años después, lo despidieron sus jefes con una sonrisa en el periódico y una palmada en la espalda, cerrando con un portazo en cuanto se dio la vuelta.

 A mil doscientos kilómetros de Madrid, en Londres, el Johnny Haynes de hierro sigue erguido y orgulloso, aplastando la pelota con su bota derecha. Él no ganó ningún título con el Fulham, pero en Bishop’s Park, cuarenta años después, todos, sin que nadie se atreva a refutarlo, hacen aún reverencias ante sus goles. En España, como en la Bizancio del siglo VIII, arrancamos las imágenes de la pared y las quemamos en la pira. Hemos decidido vivir apresuradamente. Hemos decidido que tener ídolos, lamentablemente, es cosa del pasado.

(Publicado originalmente en el EcoDiario)

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