No diga más y juegue

Jack Lemmon no paraba de hablar. Su discurso atolondrado y machacón, con gesto perdido y bobalicona mirada fija en los grandes ojos de Shirley MacLaine, recibía una sutil condescendencia. Billy Wilder decide magistralmente resolver la incómoda situación con uno de los desenlaces más elegantes de la historia del cine: la eterna Fran Kubelik se gira hacia el bueno de Baxter y le susurra, entregándole el mazo de cartas con una media sonrisa: “no diga más y juegue”. La dulzura y el amargor de la película culminan en una frase que estigmatiza una virtud que, con el sobreuso, desemboca en vicio: el exceso de verbo vacío.

El Real Madrid ha convencido en muchos momentos de la temporada. Otros ya demostraron que podían vencer, pero esa segunda vuelta de tuerca aún nadie la había completado. El equipo, camaleónico como pocos, ha sabido adaptarse a rivales y a situaciones de manera encomiable y, salvo el rapapolvo del Camp Nou, ha escalado riscos llenos de charcos sin apenas resbalarse. No así su entrenador, cuya afición al fango casi provoca que el equipo sea engullido en algún campo por las arenas movedizas que el propio técnico luso se afanaba en remover.

La guerra de guerrillas es un distintivo personalísimo de Mourinho. El portugués confía en que, si la polvareda que se esmera en levantar sólo le envuelve a él, la prensa estará más atenta de sus toses que de las de sus jugadores, dejando a la plantilla a su aire, lejos del ruido de espadas que él tan hábilmente maneja. La directiva, los árbitros, los comités, los rivales o los propios periodistas han sido el blanco de unos dardos que, en la mayoría de ocasiones, no han servido al Real Madrid más que para, borracho de maquiavelismo (entiéndaseme: fue Maquiavelo el primer en pronunciar aquello de “el fin justifica los medios”), llegar a cuestionarse sus principios.

Paradójicamente, si uno se abstrae del personaje que José Mourinho construye, ve más allá a su alter ego: un entrenador fabuloso, sagaz estratega y a la sazón uno de los mejores motivadores que ha dado este deporte en su historia. Su pizarra en la final de Copa fue, hasta que la gasolina de sus jugadores lo permitió, impecable. Achicando espacios, con Pepe de excelso hombre escoba, basculando como si once fuesen uno y con una inusitada solidaridad entre (casi todos) los de arriba y los de abajo. Sobra con decir que la versión más brillante del Barça fue incapaz de derribar el muro en cuarenta y cinco minutos de vaivenes hacia la portería de un tremebundo Casillas.

La lectura es simple: cuando el entrenador del Real Madrid suelta la lanza y coge el astrolabio, sus aptitudes técnico-tácticas hacen que sus bravatas y sus lamentaciones resulten una caricatura. Hablando en plata: partidos como el de Mestalla nos recuerdan que Mourinho no necesita de lloros, pataletas, desplantes y berrinches para mostrar que es un gran entrenador.

No estaría de más, pues, que alguien despojase al portugués de todo su artificio. Alguien que le apremie a dejar de luchar contra molinos y que se atreva a, como hizo Shirley MacLane en los sesenta, ladear la cabeza con ternura y musitar aquello de “no diga más y juegue”. Al fin y al cabo, a Jack Lemmon siempre se le dio peor el gin rummy que a Mourinho el fútbol.

(Publicado originalmente en El Diván del Fútbol)

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