Apología de la versatilidad

Kevin Durant es único. Un freak del baloncesto, equivalente deportivo a aquellos que popularizase Tod Browning cuando dirigió ‘La Parada de los Monstruos’ en 1932. Sus deformaciones (benignas, claro está) conforman un biotipo que parece ideado por la perversa mente de alguna suerte de Doctor Mengele del baloncesto, pero no sólo no resultan horripilantes sino que permiten admirar el esplendor de un chico al que, a primera vista, no se le adivina incapacidad para ninguno de los lances del juego.

Aquel niño que lloraba cada vez que su entrenador en el Seat Pleasant Activity Center de Maryland le ordenaba subir y bajar veinticinco veces la colina aledaña al pabellón ha cambiado muy poco. El talento innato por el baloncesto sigue fluyendo por él y la naturalidad con la que lo pone en práctica sobre la cancha continúa resultando sorprendente. El país que lo vio arquear las cejas, casi sintiéndose culpable, cada vez que destrozaba rivales en su primer y único año en la Universidad de Texas hoy sonríe de medio lado cuando el gran público se mira mutuamente, perplejo, intentando imaginar hasta dónde puede llegar ese muchacho que convirtió el Mundobasket de Turquía en un torneo escolar.

En ocasiones, su baloncesto puede resultar obtuso. Sus brazos son tan largos que a veces parece como si le sobraran centímetros de cúbito. Su bote en carrera es engañoso: siempre anticipa que va a fallar, que va a botársela en el pie, pero nunca lo hace. Su trote de ave zancuda es poco plástico pero, a la vez, tan poderoso que, admirado en conjunto, termina resultando un placer ver toda esa longuilinealidad en movimiento.

Su tiro, igualmente, parece forzado. Durant arma el brazo como si no supiese dónde narices meter el codo, como si éste le estorbase. Pero no deja de resultar majestuosa la precisión con la que termina ejecutando los fundamentos. El error es quizá nuestro, de un ojo aún no acostumbrado a contemplar con naturalidad un baloncesto como el de Durant en el cuerpo de un polichinela: queremos creer que hay truco pero no vemos nunca los hilos que, con esa soltura, lo manejan y dibujan con él jugadas tan heterodoxamente extraordinarias. Esos hilos, simplemente, no existen.

Durant hace de todo y todo bien, aunque su juego apunta a que opositará a pasar a la historia como el anotador exterior de todos los tiempos. Sus golpes en el pecho cada vez que cuaja una canasta de mérito puede que se repitan hasta el infinito y que se terminen convirtiendo en una de las imágenes por excelencia de la NBA de la segunda década de los 2000. El hallazgo es maravilloso: si Garnett y Nowitzki eran adelantados a su tiempo; jugadores del siglo XXI, quizá en Kevin Durant hayamos encontrado al primer ejemplar de baloncestista del siglo XXII.

(Publicado originalmente en Solobasket)

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