La imprevisibilidad de David y Goliath

En Estados Unidos, las historias de superación y triunfo del débil gustan una barbaridad. En un país forjado con el sudor de sus ciudadanos, levantado desde la nada, se contempla con un especial entusiasmo cada relato en el que, figuradamente, David tumba a Goliath. Por eso toda la nación clama ahora por que Butler, una universidad que, deportivamente, jamás se ha encontrado entre lo más granado (ni siquiera en Indiana, su propio estado), pueda levantar el primer título nacional de toda su historia en la que también es la primera ocasión en la que se cuela en una Final Four.

Bajo ese estigma, el de la enésima aventura de un pequeño que se puede subir a las barbas de un grande, llega el partido que coronará al mejor programa baloncestístico de la temporada 2009-2010 en la NCAA. En un lado, honda en mano, la citada Butler, más conocida por ser el alma mater del antiguo senador de Illinois George Ryan que por cualquier actividad que tenga que ver con una pelota. Enfrente, la muy poderosa y popular Duke, cuyas aulas pisaron más de setenta jugadores que después serían elegidos en un Draft de la NBA (no en vano, tres campeonatos y catorce participaciones en la Final Four le contemplan). La trama peliculera, servida.

Deportivamente, hablar de los Bulldogs es hacerlo de Gordon Hayward, un longilíneo alero de fluida mecánica de tiro, depurados fundamentos y una capacidad reboteadora notable para un muchacho de apariencia tan endeble. En ocasiones abusa del tiro, sabedor de que su universidad, cuyo fuerte es el trabajo en la retaguardia, depende casi exclusivamente de su inspiración ofensiva, pero la clase con la que se mueve por la cancha hace que todo espectador termine condonando sus pecados. Desde la banda, el encargado de admirar sus progresos es otro de los grandes nombres propios de esta final a cuatro, un Brad Stevens que, con sólo 33 años, no para de romper récords de precocidad en los banquillos. Su calmada elegancia deja entrever un futuro espléndido.

En los Blue Devils de Duke, el arsenal del coach Krzyzewski (también seleccionador norteamericano absoluto) es para hacer temblar las canillas de cualquiera. El francotirador Jon Scheyer y el percutor Brian Zoubek encuentran perfecto acompañamiento en un Nolan Smith permanentemente incómodo para el tejido defensivo del rival y en un Kyle Singler que, probablemente, sea uno de los chicos con más talento del país.

La sorpresa o lo habitual. La maquinaria ya ha empezado a trazar la historia de una universidad que está a un solo paso de inmortalizar su nombre para siempre. Esto es más habitual de lo que parece en la NCAA. Al fin y al cabo, hablamos del baloncesto más imprevisible del mundo.

(Publicado originalmente en Sólo Red)

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